karakuri.
(からくり)


     el chino takemori era inquieto como una hormiga negra, pero usaba lentes. era un tipo inteligente y divertido. siempre quería hacer cosas, estar en movimiento. en cierta forma creo que ésa fue la razón por la que lo conocimos. y le encantaba la playa. un día se levantó y me dijo:
     -vamo ro reón que quiero jugá ajedré.
     el tiempo que estuvo entre nosotros se quedó en mi casa. dormía en la cocina. estiraba un futón (que no sé de dónde sacó porque cuando apareció no llevaba equipaje alguno) y se echaba junto a la puerta que daba al patio de atrás. el muy hijo de puta se levantaba exageradamente temprano.
     -¿qué hora es? -pregunté abriendo un solo ojo.
     -cinco media. ¡dare! vamo ro reón.
     -nos van a matar si vamos ahora, chino. dormíte y dejáte de joder -y me di vuelta.
     -¡no diga mara parabra!
     a veces parecía un niño de cuatro años. me levanté de mala gana. dormía en calzoncillos y él, por supuesto, me dio la espalda mientras me vestía.
     -vamos a lo de esli, ¿te sirve?
     -¿po qué? yo quiero ir ro reón.
     -a esta hora en lo de león están todos durmiendo. si querés salir a alguna parte vamos a lo de esli. ¡y si no te sirve te volvés a dormir!
     -etá bien, pero má tade vamo ve reón.
     -sí, lo que vos quieras.
     me puse la tartán y salimos. hacía un frío terrible aunque ya casi estábamos en primavera. yo puteaba por lo bajo. ¡cinco y media y andaba en la calle! aquel tipo estaba enloquecido y me estaba enloqueciendo a mí.
     -vamo jugá ajedré. y vamo casa de reón. y vamo jugá ajedré ota vé.
     -tranquilizáte. a veces parecés el chavo del ocho.
     -¿e qué?
     ésa era la única forma de desacelerarlo, que no entendiera algo. le entraban las ganas de aprender y podías tenerlo un rato medio callado. todo dependía de cuánta maña te dieras para confundirlo.
     le expliqué de qué iba el chavo. con eso gané más o menos siete cuadras. pero para cuando llegamos a la altura de la panadería la victoria ya estaba parloteando otra vez.
     -cuando etemo todo junto tengo sopesa para utede. tengo sopesa. tengo sopesa.
     empezó a hacer palmas como un niño. a veces pensaba si no sería retrasado. a veces estaba seguro que lo era.
     cuando llegamos esli nos abrió en calzoncillos. el chino se volvió, por supuesto.
     -¿cómo va? -nos dejó entrar y empezó a armar un tabaco.
     -todo bien -dijo el chino-. vinimo a jugá ajedré. ¿dónde tiene tablero?
     esli me miró y sonrió. le señaló la mesa y takemori empezó a acomodar las piezas. jugamos varias horas. cuando tuvimos hambre hicimos una tortilla. comimos y durante la comida el niño de los ojos de alcancía nos comunicó, a mí por segunda vez y a esli por primera, que tenía una “sopesa” para nosotros. y a eso de la una de la tarde salimos para lo del turco jawadián.
     en aquel tiempo éramos dos grupos separados. por un lado gerardo, rik, HjDs, el turco y yo. el núcleo era la afinidad literaria. formábamos una cofradía de poetas. rik era tratado tácitamente como la figura central. y el centro de operaciones era la casa del finado gerardo. el otro grupo giraba en torno a la casa de león. había tenido origen en el liceo, donde león, esli y yo éramos compañeros. con el tiempo se nos unió también el turco. no recuerdo que león fuese más de dos veces a la casa de gerardo.
     entonces, ir a la casa del turco era la última parada antes de ir a lo de león.
     -¡tenemo sopesa para tuco! -le dijo el chino a teresa, la madre de jawadián, que siempre lo miraba con cierta desconfianza.
     y allá fuimos los cuatro rumbo a lo de león.
     vegetamos toda la tarde. fumamos en el garaje porque dentro de la casa no estaba permitido. el turco tocó la guitarra. jugamos al ajedrez hasta que se nos acalambraron las dendritas. y a las nueve de la noche el chino nos reveló la sorpresa. había una fiesta en costa azul y estábamos todos invitados.
     -yo no quiero ir -dijo león.
     -a mí no me gustan las fiestas -dije yo.
     -¿te parece? -dijo esli.
     -¿puedo tocar la guitarra? -dijo el turco.
     -van a ir todo. fieta oganicé yo. yo eregí música. hay amigo mío interigente que guta interné como utede y ta lleno de mujere de teta gande y poca vegüenza.
     y terminó por convencernos.

     era en un chalé no lejos de lo de la olaya, una compañera de nuestra clase. aquello pintaba varias veces mejor de lo que habíamos imaginado. cuando llegamos estaba sonando un tema de nirvana, del unplugged. entramos y se nos acercaron rubias, morochas y pelirrojas. nos alcanzaron vasos con whisky, vodka, martini y sake. aquellas minas se salían de las blusas. las minifaldas más cortas. los pantalones más ajustados. las bocas más rojas. y no sólo eran hermosas, sino que además hablaban con astucia e inteligencia. aunque por alguna razón no nos interesaba mucho eso en aquel momento. el chino fue elevado a la categoría de dios.
     nos dispersamos. takemori se paseaba, de tanto en tanto, por donde estábamos. nos preguntaba si todo andaba bien. nos traía algo de comer.
     -¿cómo va? -me preguntó en una de sus rondas, señalando sutilmente una pelirroja de vestido dieciochesco que yo trataba de chamuyar aunque casi no era necesario.
     -bien -dije-. tanto mejor de lo que estoy acostumbrado que no sé bien qué hacer.
     entonces empezó una canción fuerte, con mucha buena guitarra.
     -¿qué es eso? -pregunté.
     -górem de patenal. é eskay berinson, guitarita de redondo.
     -¿cantando?
     -sí, depué pasa, depué pasa -y se alejó agitando la mano.

     serían cerca de las cinco cuando el ánimo empezó a ser de partir. tanto intercambio de fluídos cansaba. el chino había desaparecido. enfilé para el baño, pero equivoqué la puerta y sin buscarlo lo encontré (al chino; recién pude ir al baño en casa). estaba con seis minas. había cinco paradas en torno a él. la otra estaba desnuda, en el piso y partida en dos. y estaba hablando.
     -es ahí en el ombligo, siento como si...
     -takemori -dije, pero no pude decir nada más.
     el chino me miró. las minas, todas las seis, me miraron.
     -¡éntrenro! -dijo.
     una de las que estaban paradas me agarró de un brazo y me cinchó. tenía mucha más fuerza de la que uno podría haberle calculado. otra cerró la puerta.
     -no pasa nada. no preocupe.
     -pero... ¿cómo que no pasa nada? ¡sí pasa!
     -son karakuri, no son mina.
     -¿qué cosa?
     -karakuri. autómata. como roboto pero sin computación. lo hago yo. hobby.
     -¡pero comen y besan y toman alcohol y… !
     -eso é fácir. difícir é que habre, pero quagner y joseph faber ayudaron. ¿vedá que son rinda?
     pero no hablé mucho más hasta el otro día. ¿qué se podía decir? volví donde los demás. tomé sake hasta que nos fuimos. el sol empezó a salir. hacía veinticuatro horas que no dormía. a veces parecía un niño grande, el chino. pero era más que eso. era un genio, no cabe dudas.
     bostecé.











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