el gurkha

     de niño la biblioteca fue siempre un símbolo, el representante de la sombra de una idea abstracta: el conocimiento. después, más pragmáticamente, se transformó en un depósito de libros. pero no puedo decir que haya tenido contacto real con ella hasta la llegada de mi preadolescencia.
     recuerdo la primera vez que fui buscando un libro para leer por placer. una compañera de mi curso de inglés me recomendó la poesía de poe y me llevé a casa un volumen viejo y descuidado con cuervos parlantes, campanas y la demás parafernalia del maestro estadounidense.
     otro hecho que creo relevante a esta narración es algo que ocurrió ya en mi época de liceal pelilargo. fascinado por la inquisición retiré dos libros sobre reforma religiosa y contrarreforma que jamás volvieron a descansar sobre el anaquel que les correspondía. juro que no hubo dolo o mala intención, sólo boludez y vergüenza. cada día me decía que al siguiente haría la devolución; y, por supuesto, luego de seis meses de retraso me avergonzaba un poco más que al principio dar la cara.
     por su parte, un par de años después, a raíz de unos versos de HjDs, ensayé mis primeras líneas con intenciones literarias. esta actividad fue creciendo -o fui haciéndola crecer- a tal ritmo que mi mente ya no daba abasto a la formulación de proyectos y contraproyectos. las letras que plasmaba en el papel no eran sino una ínfima parte de lo que escribía en mi mente. en conclusión, pese a no haber publicado nada, ni un cuento ni una carta de queja en algún periódico siquiera, me convertí en escritor. un artista como se refiere a sí mismo miller en sus trópicos.
     ésa era más o menos la situación personal, la mitad de los problemas que derivaron en mi situación actual. el otro componente de mis desgracias apareció en los diarios y noticieros durante meses, pero por las dudas (y para hacer del presente un texto comprensible independientemente de los conocimientos previos del lector) los enumeraré someramente. se trató de la pena de muerte , el a.i.p.p.l.p. y las relaciones diplomáticas entre nepal y uruguay.
     por alguna razón vedada a mi comprensión, la plenaria memoria y justicia presentó un proyecto de ley para institucionalizar la pena capital. y por algún motivo que me resulta más incomprensible aún, el parlamento lo aprobó sin demoras y con mayorías históricas.
     hasta ahí todo iba bien; al menos en la medida en que pueden marchar bien las cosas con una espada de damocles sobre la nuca de nadie en especial y de todos simultáneamente. pero por lo pronto yo zafaba y esto me daba esa sensación de falsa tranquilidad que tienen los idiotas.
     las cosas se empezaron a joder cuando a la onu o alguna otra de esas organizaciones se le ocurrió declarar el año siguiente como el “año internacional para la protección de los libros públicos” (lo que da la asquerosa sigla a.i.p.p.l.p.). el pacto decía, según leí en un extenso artículo de la revista 3 (v 2.0), que “un libro que no se devuelve a tiempo a una biblioteca o entidad pública de naturaleza similar es comparable en consecuencias sociales a cien bombas terroristas detonadas al unísono en cien ciudades del mundo”. así, no resulta extraño que en cuba y venezuela la pena para quienes se atrasaran en la devolución de un ejemplar fuese prisión a perpetuidad y, de tratarse de un artista o comunicador, la destrucción total de su obra o equivalentes. en otros sitios como perú, se aplicaron los llamados “castigos creativos”. a un tipo que no devolvió un libro de víctor jara le cortaron las manos, a otro lo encerraron cuatro días en un caballo de madera por no regresar la ilíada.
     en uruguay las cosas se dieron en dos etapas. al principio, el infractor era transplantado al “departamento techado”. tomás de mattos, que una vez fuera director de la biblioteca nacional, además de escritor, había adquirido en un remate judicial (y por pocas monedas, según se contaba) el que fuera el departamento de tacuarembó con la intención de fundar allí la más grande biblioteca, museo del arte y la cultura y café literario del planeta. pero a último momento cambió de idea. donó aquellas tierras para que el ministerio de defensa interior construyera la cárcel más grande del mundo (después de china), pero que sólo albergaría a deudores de libros. a lo largo de sus límites se levantaron muros dignos de un refugio antinuclear de los mormones, mientras que dentro de ellos se construyeron cientos de miles de estantes de biblioteca. la pena era que esos estantes estarían vacíos de libros. la gente que fuese recluida allí jamás volvería a leer palabra escrita, excepto, quizá, las etiquetas de sus propias ropas; una y otra vez hasta desear haber nacido ciegos. un castigo que podría considerarse eficaz, desde alguna perspectiva.
     la segunda etapa resultó ser un tanto más sangrienta. un tratado con nepal envió a algunas de nuestras más destacadas y excelentísimas figuras sociales (mujica, fassano y omar freire) a aquel país para enseñarle a la nación hermana todo lo posible acerca de la organización de un estado de derecho, la libertad de expresión y la pluralidad en el periodismo y el rol de la mujer en una verdadera democracia. el gobierno nepalés, a cambio, nos envió a sus tres mejores gurkhas para entrenar asesinos cuya misión sería recuperar los libros no devueltos y eliminar al deudor. así de simple.
     luego de seis meses de duro y completo adiestramiento, cada biblioteca pública (esto incluía las de las instituciones de enseñanza como liceos, utus, escuelas, y básicamente todo lugar estatal que prestara libros) tenía un gurkha entre su personal. la única excepción, por supuesto, fue la biblioteca nacional, que contrató, por su especial naturaleza, a los tres nepaleses como cerberos de sus tesoros culturales.
     las cosas estaban así una soleada tarde de jueves (mi día libre) cuando con las manos en los bolsillos y el escritor que vivía en mí a flor de piel salí rumbo a la biblioteca. anduve lento las dos cuadras y media que separaban mi casa de la avenida artigas, doblé a la izquierda, hacia el centro, y disfruté del paseo. en la esquina con centenario (yo sigo llamándola así aunque lleve ya años siendo luis alberto de herrera) casi me atropella un tipo gordo y pelado en un auto viejo. yo me reí y le mostré uno de los dedos de mi zurda mientras sacaba la lengua. me sentía demasiado bien como para que un pelado (que sin embargo llevaba una cola de caballo colgando de su nuca sudada) me hiciera enojar.
     seguí por dieciocho de julio. en domingo pérez doblé a la derecha y en lavalleja a la izquierda hasta llegar a mi destino. crucé la puerta y, como siempre que estaba allí, me invadió una sensación agradable y rara de estar entrando a otro tiempo. atravesé el patio interior de la vieja casona y me metí en la biblioteca.
     estaba buscando un libro con la correspondencia de quiroga porque lo necesitaba para una investigación. cualquier niño de escuela sabe que no se puede escribir una novela creíble acerca de un personaje real sin investigar, y mi novela creíble era sobre el misionero/salteño. era una buena idea, muy buena.
     la correspondencia no estaba, pero sí el diario del viaje a parís; otro libro que iba a precisar. lo llevé conmigo a casa y durante una semana y un día lo leí y releí, saqué apuntes e ideas. la novela, escribiéndose en mi cabeza, iba cada vez mejor. hasta merecía el premio morosoli.
     el viernes de la semana siguiente, a las ocho en punto de la mañana, me despertó alguien llamando a la puerta. angie, a mi lado, movió la cabeza hacia mí y dijo en su media lengua de mujer dormida:
     -si e ara mí ecí e no oy.
     casi no entendí.
     me levanté y fui bostezando hasta el living. iba descalzo y con el piyama de los gatitos. abrí la puerta y quedé helado. era el gordo del auto, el ridículo del pelo a lo tong po. al verme su sonrisa se ensanchó. los dientes, amarillos, parecían estar burlándose de mí.
     -¿rafael koldowsky? -preguntó.
     era el gurkha de la biblioteca. el gurkha de mi biblioteca. mi gurkha. y durante el tiempo que le tomara matarme con aquella espadita suya sería todo mío. pero si lograba matarlo yo a él, no sólo estaría perdonado por no haber devuelto el libro el día anterior, sino que podría quedármelo. claro que esto no pasó por mi mente en aquel momento. entonces sólo tuve miedo y cerré los ojos a la espera del golpe. hubo una única cosa aparte del pánico, un pensamiento infantilmente vengativo que cruzó mi cerebro: “no te voy a decir dónde tengo guardado el libro”.
     entonces oí un ruido y otro más fuerte inmediatamente después. y un grito (“¡¡¡lato veshya!!!”). abrí los ojos y no había nadie delante mío. tong po estaba tirado en el piso. le había caído un trozo del revoque de encima del dintel de la puerta, que estaba todo desconchado, y lo aturdió un poco. aproveché el momento y salí corriendo mientras el pobre tipo soltaba una serie de palabras ininteligibles. estoy seguro que eran insultos en ur-bhasa, el sub-lenguaje que surgió de la interacción entre los tres nepaleses y los villeros entrenados por ellos.
     eso es todo lo que sé de lo sucedido aquella mañana. desde entonces soy un fugitivo. cuando caí rendido de tanto correr estaba en algún punto campo adentro. estaba ya atardeciendo. a poca distancia se divisaba una arboleda, recortada su silueta sobre el horizonte iluminado por ese resplandor naranja que tienen a veces las nubes de tormenta. decidí con los últimos restos de consciencia que me quedaban pasar allí la noche.

     no sé cuánto tiempo dormí, pero puedo asegurar que no tuve un buen despertar. unos muy poco sutiles ruidos de ramas quebrándose me alertaron de la proximidad de alguien que resultó ser mi perseguidor. paralizado por el miedo lo vi aparecer entre los árboles. llevaba su espada (que según un diario que mucho después robé de un quiosco se llama kukri) en la mano. tenía la cara de boludo crispada en una aterradora mueca de ira. ya no sonreía. todo en él parecía odio, furia (y quizá un tantito de frustración envenenaba también su mirada). desde mi punto de vista, acostado en el suelo con las raíces de un gran árbol como almohada, parecía como si el tipo hubiese crecido cincuenta centímetros de alto. era el demonio ante mí.
     y entonces, los ojos entrecerrados y legañosos, bulléndome la sangre, el corazón saliéndose de mi pecho, tuve una revelación que cambió todo este asunto por completo. en su rostro vi otra cara, la cara de alguien que ni en un millón de años consideraría peligroso o amenazante. el gurkha tenía un parecido innegable con rolando hanglin, el tipo ése que anda desnudo por todos lados. tong po, entonces, quedó desnudo. su pecho lleno de rulos negros entrenados como nepaleses, sus bolas entrenadas como nepalesas colgando inertes, todo aquello lo convertía en un inofensivo conjunto con cara de porteño bonachón.
     comencé a reír a carcajadas. el tipo trocó su ira por desconcierto y detuvo el avance mortal de su filo. mi asma empezó a atacarme, así que me paré. el gurkha, cada vez más anonadado, me miraba boquiabierto. empezó a retroceder, lento, muy lento. su pie tropezó con una raíz que sobresalía del suelo y se precipitó. mis carcajadas se incrementaron. el tipo sumó el dolor a la lista de expresiones de su cara. apareció una mancha de sangre en su camisa. se había lastimado al caerle la espada en un costado. entonces volví en mí. dejé de reír. él se tocó la mancha y miró la mano. empecé a correr otra vez.

     seguimos con esta rutina a lo tom y jerry durante aproximadamente dos años. siempre con idéntico resultado. a él le caía un piano en la cabeza y yo lograba huir. hasta que un día las cosas cambiaron otra vez. creo que podríamos decir que terminaron de torcerse. porque un perseguidor es como un dios, cuando se le pierde el temor todo está perdido. y he aquí, lector, el porqué de este texto, este comunicado.
     un día, no hace mucho tiempo atrás, en las afueras de casupá, fui nuevamente interceptado por el más que inepto recuperador de libros. la situación se dio, en principio, como ya he descrito: él apareció de improviso, ya casi por costumbre me atemoricé, algo sucedió que lo abatió sin que yo moviese un dedo, reí a carcajadas. y mientras yo reía, él emprendió la retirada. el gurkha se volvió y corrió hasta perderse de vista. eso sí que no me lo esperaba. aquella parte era mía, era lo que yo había hecho siempre. ¿y ahora? ¿qué estaba pasando?
     a poca distancia de mí encontré la respuesta: su kukri. caído entre el pasto. era la primera vez que aquella cosa no estaba en sus manos. y se veía tan gentilmente dócil a ser empuñada por cualquiera...
     es por eso que escribo hoy, que dejaré estos papeles por debajo de la puerta del diario primera página cuando termine. para comunicarle a tong po/hanglin y sus demás hermanitos gurkhas que voy a por ellos. que bajo la forma de un paria fugitivo, fuera de la ley y la sociedad, los cazaré uno por uno. y para hacerlo más divertido él será el último.

     el perseguidor ahora soy yo.












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